Seguramente los británicos del siglo XVII nunca se imaginaron lo que se estaba gestando en ese momento y cómo repercutiría en los siglos posteriores. Tal vez nunca pensaron que de una máquina a vapor se podía avanzar hasta aparatos tan complejos como son las computadoras y los celulares hoy en día.
La revolución industrial marcó, sin duda, un antes y un después en lo social, lo económico, lo laboral y lo tecnológico. No somos capaces de comprender la magnitud de lo enorme que hoy es la tecnología y su influencia en nuestra cotidianeidad. Vemos impensado una vida sin nuestros electrodomésticos, vemos imposible el despojo de lo material. Quizás sea bueno, quizás malo, pero la dependencia de la mayoría de la humanidad con ella es innegable.
En el film dirigido por Spike Jonze, Her, vemos esto llevado al extremo –cosa que no quiere decir que en un futuro no muy lejano pueda suceder- en la intromisión de los sistemas operativos en los sentimientos humanos, más precisamente en las relaciones sentimentales, como lo son el amor, la amistad, entre otros que no reflejan tanto la finalidad del video.
Algunos verán que la película sólo retrata una locura, algo que nunca podría suceder. Pero otros se plantearán esto como una predicción de algo que muy probablemente suceda. Es que poco falta para que la tecnología influya por completo en nuestras vidas, algo que para ella no parece ser algo imposible.
A modo de síntesis, Her plasma una historia de romance que se da entre un hombre recientemente divorciado y un sistema operativo (que personifica a una mujer). Se muestra como el OS1 (nombre del sistema nombrado) va insertándose en la sociedad, cada vez más gente se adhiere a él, y las máquinas dejan de obedecer para tomar sus propias decisiones, se personifican con sentimentalismos humanos a través de sus voces y plantean hechos de la realidad.
Estamos ante un avance tecnológico del cual no conocemos si hay un límite existente. Debido a esta progresión de continuas invenciones, la sorpresa es asimilada de tal modo que nada nos toma por asombro. Lo que no desaparece es la fascinación por este desarrollo indeterminado.

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